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Armenta y el caso Zavala 

Columna de opinión Adriana Colchado (@tamalito_rosa)

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Armenta admitió que Citlali Hernández estaba preocupada de que Zavala fuera declarado inocente por el feminicidio de Cecilia Monzón…

Hoy es 31 de diciembre. Se acaba el año, se cierran ciclos, se hacen balances… y también se dicta sentencia para Javier López Zavala, el político priista que mandó asesinar a la abogada Cecilia Monzón en mayo de 2022.

El pasado 23 de diciembre fue declarado culpable de feminicidio. Hoy se define cuántos años pasará en prisión. La familia de Cecilia y colectivos exigen 60 años; la ley marca un mínimo de 40. Cualquiera de las dos significa lo mismo: Zavala pasará el resto de su vida tras las rejas.

Y aun así, tardamos demasiado en llegar aquí.

Porque no estamos hablando de un crimen ambiguo, ni de una carpeta floja, ni de dudas razonables. Estamos hablando de uno de los feminicidios más burdos, documentados y evidentes de la historia reciente de Puebla.

Zavala no solo fue el autor intelectual: utilizó a un familiar, los ejecutores fueron rastreados por cámaras, las pruebas lo apuntaban desde el primer minuto. Era un rompecabezas armado solo. Entonces la pregunta no es por qué fue declarado culpable. La pregunta es: ¿por qué tardó tanto?

Durante más de tres años, la defensa de Zavala agotó todas las tácticas posibles para retrasar audiencias, dilatar el juicio, cansar a la familia. Apostaron a lo de siempre: que el tiempo desgasta, que el ruido baja, que la víctima se vuelve expediente.

Pero Helena Monzón, hermana de Cecilia, no se rindió. Viajó entre España, Ciudad de México y Puebla durante años. Primero peleó la custodia de su sobrino. Luego peleó por justicia.

No ganó porque el sistema funcionara. Ganó a pesar del sistema.

Javier López Zavala no era cualquier político. Fue candidato del PRI a la gubernatura de Puebla en 2010. Fue parte del círculo más poderoso del estado en su momento. Tan protegido se sentía, tan intocable, tan “elegido”, que tuvo el descaro de ordenar un feminicidio a plena luz del día, convencido de que no le pasaría nada.

Eso no lo hace más culpable jurídicamente, pero sí revela una psicología peligrosa: la del político que se cree por encima de la ley.

Y esa psicología —lo digo con toda claridad— no se quedó en el PRI.

Hoy habita cómodamente en Morena.

Hace unos días, el gobernador Alejandro Armenta abordó el tema en su mañanera. Confrontó a ese periodista con el que ya trae pique para negar que hubiera protegido a Zavala. Dijo que ni la Fiscalía ni el Poder Judicial le obedecen, que él no mete las manos, que no protege a nadie.

Hasta ahí, el discurso oficial.

Pero luego vino lo revelador: Armenta contó, con orgullo, que cuando trascendió la versión de que Zavala podría salir libre, le llamó Citlalli Hernández, secretaria de las Mujeres del gabinete de Claudia Sheinbaum, preocupada por lo que estaba pasando en Puebla. Y aquí es donde yo levanto la ceja.

Porque si desde México se preguntaban qué estaba ocurriendo, es porque creían que era posible. Y cuando el gobernador dice “no pasó”, lo que también podría leerse entre líneas es “no me dejaron”.

Y es que hace días circularon versiones —trascendidos, sin pruebas— de que Zavala sería liberado por la puerta de atrás. Nadie podrá demostrar jamás si eso estuvo alguna vez sobre la mesa, pero al menos sabemos de propia voz del Gober, que la simple duda le hizo levantar el teléfono a Citlalli Hernández. 

Y es que no podemos borrar que Armenta y Zavala compartieron partido, proyecto, camino y círculo político. Que hoy uno vista de guinda y el otro de caqui penitenciario no cambia el pasado.De hecho, muchos de los que hoy escupen al PRI nacieron, crecieron y se formaron ahí. Solo se cambiaron de chaleco cuando la marca se volvió impresentable.

Pero aquí viene la parte incómoda:

¿y si le dan la mínima?

¿y si la condena se queda en 40 años como una especie de “no pude ayudarte más, pero algo es algo”?

No lo sé. Tal vez estoy especulando. Pero no sería la primera vez que el sistema maquilla justicia.

Más allá de la sentencia exacta, este caso deja algo claro:

Zavala actuó como actuó porque se sentía intocable.

Como si el poder fuera una vacuna contra la ley.

Y esa sensación —esa enfermedad— sigue viva.

Cecilia Monzón fue asesinada porque un hombre creyó que podía lavarse las manos.

Creyó que su nombre, su red, su pasado político lo protegían.

Hoy pagará con su libertad.

Ojalá este caso sirva para algo más que cerrar el año y darle paz a una familia. 

Ojalá le recuerde al poder —al de ayer y al de hoy— que no siempre alcanza.

Hasta aquí el chisme, lo viral, el tamal con crema… y también con pasas.

Por Adriana Colchado

Mi cuenta en X: @Tamalito_Rosa

 

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