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Harfuch: de secretario a crush nacional

Columna de opinión Adriana Colchado (@tamalito_rosa)

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Ayer una mujer en Los Cabos recibió un ramo de flores… pero no de su novio, no de su esposo, ni del ya famosísimo “patrón” buchón que llega haciendo escándalo. No. Las flores se las llevó un “cabezón” del mismísimo secretario de seguridad Omar García Harfuch. Y el país dijo “ME ENCANTA”.

Y lo más interesante no es el acto en sí —una estrategia de marketing bastante creativa de una empresa de entretenimiento en Baja California—, sino la reacción: el video explotó. Memes, comentarios de “yo también quiero”, miles de compartidos. Boom. Viral.

Y yo solo podía pensar: esto ya no es política, esto es fandom. Omar ya es una marca, una fantasía colectiva, el crush nacional.

Pero eso no salió de la nada.

Ese negocio no improvisó: leyó perfectamente el ánimo social. Entendió algo que muchos analistas políticos aún subestiman: hoy, la política también se consume como entretenimiento. Y en ese consumo, la imagen lo es todo.

Porque lo de Harfuch ya no es un caso aislado. No es “un video chistoso”. Es una tendencia sostenida. Lo hemos visto en toallas colgadas en tendederos con su rostro, en cobijas de tianguis, en camisetas, en edits de TikTok, en comparaciones con Batman y hasta en ese video donde un hombre le grita: “¡Omar, embaraza a mi mujer y yo mantengo al hijo!”. El nivel de apropiación popular de su imagen ya cruzó la frontera de lo político hacia lo cultural.

Y es que Harfuch tiene algo que en comunicación política es oro puro: una narrativa casi de cómic. Es el hombre serio, reservado, que sobrevivió a un atentado, que enfrenta al crimen y que proyecta una imagen de control en medio del caos. No necesita decir que es fuerte, lo parece. No necesita exagerar su historia, ya la tiene. Por eso no es casual que lo comparen con Batman; no es solo por lo físico o por lo “misterioso”, sino porque encaja perfecto en esa lógica del héroe que aparece cuando la ciudad está en problemas.

Ese tipo de narrativa no se construye fácilmente, y cuando aparece de forma orgánica —como en este caso— es aún más poderosa. Porque no viene de un spot, viene de la gente. Y cuando la gente convierte a un político en meme, en crush o en superhéroe, lo que realmente está haciendo es darle algo mucho más valioso que cualquier campaña: posicionamiento emocional.

No es la primera vez que pasa. Ya vimos cómo Enrique Peña Nieto capitalizó su imagen para construir una candidatura basada en estética, narrativa y aspiración. El copete, la sonrisa, el matrimonio con Angélica Rivera… todo construyó un personaje idealizado, casi de telenovela.

Y funcionó.

La diferencia es que hoy el terreno es más complejo. Las redes sociales amplifican todo, los algoritmos premian lo emocional y la atención se gana con impacto inmediato. En ese contexto, un perfil como el de Harfuch no solo compite: domina. Porque mientras otros discuten cifras, él ya está instalado en la cultura popular.

En ese contexto, la oposición no la tiene difícil para el 2030, la tiene prácticamente imposible ante el presidenciable de Claudia Sheinbaum.

Y ahí está el verdadero tema. No es si está bien o mal que sea atractivo, ni si la botarga es divertida. Es preguntarnos por qué una figura pública puede avanzar tanto en el imaginario colectivo a partir de su imagen, mientras el análisis de fondo queda en segundo plano.

Porque en un país cansado, violento y saturado de malas noticias, también queremos héroes. Queremos historias simples. Queremos creer que alguien tiene el control.

Así que sí, qué bonitas flores 
qué divertido el video
qué guapo el secretario…

pero luego no digamos que nadie vio venir la historia.

Porque cuando la política se convierte en espectáculo, el espectáculo termina gobernando.

—y eso ya no es tan chistoso—

Hasta aquí el chisme, lo viral, el tamal con crema… y también con pasas.

Por Adriana Colchado

Mi cuenta en X: @Tamalito_Rosa