En México somos tan peculiares que hasta a la muerte le organizamos fiestas. Le ponemos flores, le servimos tequila y, si se deja, hasta la sacamos a bailar. Somos ese país donde hasta el más ateo termina hablándole a la fotografía de su papá o de su abuelita frente a una ofrenda.
Muy mexicanos, y por supuesto, muy dramáticos.
Y precisamente de eso se trata Catrineras, la apuesta del Gobierno de Puebla por convertir la Ex Hacienda de Chautla en una experiencia dedicada a nuestras tradiciones, cuya ejecución está en manos de Michelle Talavera, directora ejecutiva de Convenciones y Parques, una joven funcionaria que ha sabido imprimirle su propia visión, creatividad y carácter.
Porque una cosa es tener una buena idea desde el escritorio y otra muy distinta es convertirla en una experiencia capaz de atraer a miles de visitantes. ¡Y encima conseguir que paguen por encontrarse, voluntariamente, con la muerte!
Catrinerías reunió en 2025 a más de 100 mil visitantes, triplicando las expectativas iniciales. Este año regresa como Catrineras, con una proyección superior a 130 mil asistentes, del 9 de octubre al 2 de noviembre.
Y no hablamos de colgar tres calaveras y dar por inaugurado el festival. Hay casas del terror, leyendas, gastronomía, artesanías y recorridos en trajineras. Una combinación de nuestras tradiciones con ese Halloween estadounidense que algunos puristas miran con desconfianza.
Pero una puede amar las ofrendas de su abuelita y disfrutar que un señor disfrazado de monstruo le saque tres gritos. Una cosa no cancela la otra.
A diferencia del Valle de Catrinas de Atlixco, centrado principalmente en esculturas monumentales, Chautla reúne distintas actividades en un mismo recinto. Una propuesta que, además de entretenimiento, puede generar oportunidades para comerciantes, artesanos y prestadores de servicios.
Y eso también es gestión pública.
Hace algún tiempo tuve oportunidad de entrevistar a Michelle. Me encontré con una mujer joven, amable y puntual, pero también con algo que me llamó la atención: carácter.
Y créanme, en la administración pública el carácter no es un accesorio, especialmente cuando eres una mujer joven dirigiendo equipos donde seguramente hay personas que te duplican la edad.
A las mujeres jóvenes todavía se nos exige demostrar dos veces lo que otros dan por sentado.
Si somos firmes, somos difíciles. Si somos amables, somos débiles. Si damos instrucciones, somos mandonas. Y si las cosas salen bien, seguramente alguien más nos ayudó.
¡Qué agotador debe ser para algunos descubrir que una mujer joven también puede saber perfectamente lo que está haciendo!
Por eso vale la pena observar el trabajo de Talavera. No por su edad ni por la buena impresión personal que me dejó, sino porque los resultados de 2025 y el reto de esta segunda edición permiten evaluar su capacidad para coordinar equipos y sacar adelante proyectos de gran magnitud.
Ahora bien, entre tanta catrina, tanta flor y tanto pan de muerto, hay una reflexión que no deberíamos olvidar:
En Puebla celebramos a la muerte, pero eso no significa que debamos acostumbrarnos a que nos maten.
Una cosa es ponerle flores a una abuelita que murió después de una vida larga y otra tener que colocar una ofrenda para un hijo, una hermana o un amigo víctima de un asesinato.
Ambas pérdidas merecen memoria, pero la segunda, además, exige justicia.
Y qué triste que en un país donde tenemos tanta creatividad para honrar a nuestros muertos todavía tengamos tantas dificultades para garantizar la seguridad de los vivos.
Por eso eventos como Catrineras también importan. No resuelven la inseguridad ni borran las ausencias, pero nos permiten recuperar espacios para convivir, reír y recordar que la vida merece celebrarse.
Michelle Talavera tiene ahora el reto de consolidar un proyecto que ya demostró capacidad de convocatoria. Porque llenar un recinto es importante, pero conseguir que las familias quieran regresar es todavía mejor.
Que la huesuda nos encuentre bailando, comiendo pozole y contando leyendas. Pero, sobre todo, que nos encuentre vivos.
Lo que Puebla necesita son más razones para celebrar la vida.
Y si Michelle consigue que más de 130 mil personas encuentren una de esas razones en Chautla, habrá demostrado que para hacer bien las cosas no hace falta tener cien años de experiencia.
Hasta aquí el chisme, lo viral, el tamal con crema… y también con pasas.