Mateo era hijo del presidente municipal de Tecamachalco, llevaba el mismo nombre que su padre y estudiaba en la BUAP. Fue reportado como desaparecido y días después su cuerpo fue localizado sin vida, cubierto con una cobija, en un paraje conocido como La Tabla.
No hace falta agregarle adjetivos a una tragedia semejante.
Hay un adolescente muerto, una familia destrozada y muchas preguntas que corresponde responder a las autoridades.
Por respeto a ellos, no voy a entrar aquí en las especulaciones sobre el motivo del secuestro, las posibles negociaciones, la filtración de la información, los supuestos acuerdos con criminales o los mensajes que habrían aparecido junto al cuerpo. Todo eso tendrá que investigarse y acreditarse.
Pero sí quiero hablar de algo que me parece todavía más delicado: la necesidad de encontrar un culpable periodístico para una tragedia criminal.
Diario CAMBIO publicó que Rodolfo Ruiz habría “arruinado” la negociación para liberar a Mateo al hacer pública su desaparición y revelar que agentes de investigación ya participaban en la búsqueda. La publicación sostiene, con base en fuentes consultadas por el medio, que la familia negociaba un rescate de siete millones de pesos y que la difusión de la información habría afectado la secrecía del proceso.
El propio texto reconoce que algunos elementos permanecen pendientes de confirmación oficial.
Y ahí está el detalle.
Una cosa es decir que Rodolfo Ruiz publicó primero la información.
Otra, completamente distinta, es afirmar que esa publicación provocó la muerte de Mateo.
Entre ambas cosas hay un abismo.
Rodolfo Ruiz no secuestró al muchacho.
No pidió el rescate.
No negoció con los captores.
No decidió qué hacer con Mateo.
Y, hasta este momento, no existe públicamente una investigación oficial que establezca que la publicación de Ruiz tuvo algo que ver con su asesinato.
No sabemos qué habría ocurrido si nadie hubiera publicado nada. No sabemos si los captores habrían cumplido su palabra, si la negociación habría terminado bien o si la tragedia habría ocurrido de cualquier manera.
Y ahí está precisamente el problema: una hipótesis no puede convertirse en sentencia simplemente porque después ocurrió una tragedia. Porque entonces mañana cualquier periodista podría ser responsabilizado por aquello que suceda después de publicar una noticia y eso es peligrosísimo para quienes nos dedicamos a este oficio.
Además, sería ingenuo ignorar quién es Rodolfo Ruiz dentro del tablero político poblano.
Ruiz ha sido, durante años, un periodista incómodo para distintos grupos de poder. Cabe recordar que en abril de 2025, el gobernador Alejandro Armenta lo señaló públicamente a raíz de una publicación en redes sociales, en un episodio que por supuesto generó cuestionamientos sobre el señalamiento público de un comunicador desde el poder.
Y no digo que los periodistas sean infalibles, para nada. Los periodistas se equivocan -como cualquier otro ser humano con cualquier otra profesión-. Y por ende también pueden y deben ser cuestionados. Pero una cosa es cuestionar el trabajo de un periodista y otra muy diferente es cargarle la muerte de un adolescente.
Porque cuando el poder y los medios comienzan a convertir a los periodistas incómodos en enemigos, el periodismo deja de ser una herramienta para vigilar al poder y empieza a convertirse en parte de la disputa por él.
Y aquí también entra Diario CAMBIO. Por supuesto que tiene derecho -o más bien dicho, obligación- de investigar y publicar. Pero las audiencias también tenemos derecho a preguntarnos desde dónde se construye una narrativa.
Arturo Rueda, ha enfrentado procesos judiciales relacionados con acusaciones de extorsión derivadas de su actividad periodística. Fue detenido, condenado y posteriormente obtuvo el perdón de Jorge Estefan Chidiac, quien había presentado la denuncia, además de otros episodios judiciales relacionados con el caso.
Pero no necesito convertir eso en un juicio personal. Los expedientes y los tribunales tienen sus propias conclusiones.
Lo que sí me parece legítimo es señalar la enorme contradicción que existe cuando alguien que conoce de primera mano lo que significa ser colocado en el centro de una disputa política y judicial participa ahora en una narrativa que coloca sobre otro periodista una responsabilidad tan grave como la muerte de un adolescente.
Porque aquí no estamos hablando de una crítica editorial, estamos hablando de decir que una publicación periodística pudo costarle la vida a una persona.
Eso requiere pruebas.
No titulares.
No insinuaciones.
No fuentes anónimas convertidas en sentencia.
Pruebas -como diría la Presidenta-.
Y tampoco creo en esa idea romántica de que los criminales cumplen su palabra si la prensa guarda silencio. ¿Desde cuándo el crimen organizado funciona con código de honor?
El crimen organizado no funciona como una novela de caballería. No hay honor entre ladrones que pueda utilizarse como garantía de vida. Hay intereses, dinero, poder, violencia y, muchas veces, una absoluta ausencia de límites. Por eso me parece irresponsable colocar sobre los hombros de un periodista el peso de una decisión que corresponde exclusivamente a quienes cometieron el crimen.
Lo preocupante es que una tragedia pueda convertirse en munición para una guerra mediática que ya existía antes de que apareciera esta historia. Porque entonces Mateo deja de ser una víctima y se convierte, injustamente, en una pieza más del tablero político y mediático. Y eso sería todavía otra forma de perderlo.
Mateo merece que se investigue quién lo secuestró y quién lo asesinó. Su familia merece justicia.
Y el periodismo poblano merece algo mucho más sencillo: que no utilicemos la muerte de un adolescente como munición para nuestras propias guerras.
Porque una cosa es hacer periodismo incómodo, otra es convertir el periodismo en una pelea de egos o -peor aún- de patrocinadores.
Y entre tanta portada, tanta exclusiva y tanto chisme, quizá se nos está olvidando lo más importante:
hay una familia enterrando a un hijo, un hermano, un nieto, un primo, un joven de 16 años.
Y eso debería ser suficiente para que, al menos por un momento, bajemos las plumas.
Que descanse en paz.
Que su familia encuentre justicia.
Que una historia así no se repita nunca más.
Por Adriana Colchado (@Tamalito_Rosa)