En un país donde millones de personas no tienen acceso a servicios básicos, el salón de belleza legislativo funciona como símbolo de desconexión, no entre ciudadanía y moda, sino entre ciudadanía y poder, porque mientras afuera se habla de sacrificios, adentro se invierte en pulir la imagen de quienes toman decisiones…
En tiempos de discursos políticos, la austeridad se predica en una sala y se difumina con brocha en otra… Mientras el poder insiste en la sobriedad como virtud moral, dentro del recinto legislativo se cubre con sellos blancos la puerta de lo que durante alrededor de un año operó como salón de belleza dentro del propio recinto.
Lo que hace unos años funcionara como espacio administrativo de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), fue acondicionado para maquillaje, peinados y darse una “manitas de gato” matutinas antes (o durante) de las sesiones plenarias. No hablamos de un espejo improvisado o un cepillo olvidado en un cajón, sino de un espacio pensada para que diputadas y diputados “lleguen bien presentados” al pleno, según defendió la presidenta de la Mesa Directiva, Laura Itzel Castillo.
Desde la lógica de la moda política, el fenómeno es fascinante y perturbador, el Senado entiende perfectamente que la imagen construye legitimidad, que el cuerpo en cámara es discurso, que la apariencia comunica tanto como una iniciativa de ley… Lo que parece no entender (o decide ignorar) es que la estética no sustituye la sustancia, el rímel no legisla, el spray no articula ideas, ni el corrector cubre la falta de resultados.
Porque sí, la imagen importa (siempre ha importado en política), pero aquí hay algo más profundo entre cepillos y polvos traslúcidos, pues en 2024 el Senado gastó más de 200 mil pesos del erario en maquillaje y herramientas profesionales, en medio de programas públicos que dicen priorizar la sobriedad y el uso responsable de recursos, realmente lo que se priorizado es la imagen. La adquisición de productos de marcas reconocidas y herramientas de estilismo no es un gasto menor ni un capricho de oficina, es una señal de prioridades que chocan frontalmente con los discursos políticos de austeridad que todavía se escuchan cuando conviene.
No se trata de demonizar el cuidado personal, sino de señalar la contradicción de que el mismo poder que se envuelve en discursos de sobriedad, contención y “no somos iguales”, permite y normaliza, el uso de recursos públicos para sostener una “estética institucional”, surgiendo así la pregunta: ¿un espacio interno de belleza en el Senado es una herramienta real para legisladores, una necesidad operativa, o es un símbolo de desconexión entre quienes legislan y quienes pagan su salario?
El contraste es brutal si se recuerda que hace años, con la llegada de la llamada Cuarta Transformación (4T), se clausuró un salón similar bajo la bandera de que era “superfluo, innecesario y contrario a la austeridad”, y ahora, el mismo espacio renace sin explicación clara y con una defensa que apela únicamente a la importancia de la imagen.
Este fenómeno se vuelve profundamente político, pues mientras el Senado debate leyes que buscan fortalecer, o reinterpretar, el papel del Estado, la presencia de un salón de belleza con recurso público cuestionable desplaza la atención del contenido real del poder hacia la forma mediática. Este espacio embellecedor ya no solo consiste en presentarse bien ante cámaras, sino que consiste en normalizar la inversión pública en privilegios visuales, y entonces la política se vuelve performance, escenografía, control visual no para servir mejor, sino para verse mejor.
La belleza no debería ser una herramienta para embellecer discursos que rara vez transforman la vida de millones que lidian con carencias cotidianas y falta de acceso a servicios básicos, y si los senadores tienen tiempo y presupuesto para maquillaje y peinados pagados con recursos públicos, ¿qué queda para quienes luchan con gastos diarios, reformas en debates interminables y la sensación de que la política está más preocupada por la presentación que por la sustancia?
Este suceso es un símbolo de cómo se normaliza el uso del dinero público para sostener privilegios estéticos mientras se exige paciencia, sacrificio y comprensión a la ciudadanía.
La pregunta final no es si las y los legisladores deben arreglarse, más bien la pregunta es ¿por qué el Estado debe pagar por ello? Y, sobre todo, en qué momento la política mexicana decidió que pulir la imagen era más urgente que pulir las ideas… Porque cuando el espejo pesa más que la realidad, la política deja de ser servicio público y se convierte, peligrosamente, en espectáculo… Y eso, incluso ni con el mejor iluminador, hay forma de disimularlo.