Más resultados...

Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

La migración latina desfila en la pasarela del NY Fashion Week 2026

Por: La It Girl

@laitgirl_

COMPARTE:

Facebook
X
WhatsApp

Durante mucho tiempo, la moda fue vista como algo superficial lleno de desfiles, tendencias y glamour. Sin embargo, hoy esa misma industria está demostrando que no es ni puede ser superficial, pues la moda está dejando de ser un simple acto de consumo o un espectáculo estético para convertirse en un lenguaje político y una herramienta de crítica social.

Una de las manifestaciones más visibles de esta transformación ocurrió recientemente durante la New York Fashion Week Fall 2026, cuando la diseñadora jamaiquina Rachel Scott, directora creativa de Proenza Schouler y fundadora de la marca Diotima, llevó su colección a la pasarela con un mensaje explícito contra las políticas migratorias del ICE (Immigration and Customs Enforcement). Con un pin que decía “ICE Out” y una narrativa estética inspirada en resistencia cultural y derechos humanos, Scott puso de manifiesto que la moda puede ser manifestación y protesta.

Esta crítica al ICE no es un gesto superficial ni oportunista, es una declaración que toca una herida profunda: la criminalización de la migración en un país cuya economía, y cuya industria creativa, depende en gran medida de manos migrantes.

Porque cuando hablamos de ICE, hablamos también de familias separadas, de detenidos, de personas viviendo bajo amenaza constante, hablamos de una región históricamente empujada a migrar por desigualdades estructurales, tratados económicos asimétricos, violencia y falta de oportunidades, porque algo es claro: Latinoamérica no migra por moda, migra por supervivencia. La paradoja es brutal: el mismo sistema que deporta latinos capitaliza su trabajo, su estética y su cultura.

Por eso, cuando una diseñadora caribeña decide señalar al ICE desde una pasarela global, no está “politizando” la moda, hace visible una estructura que siempre ha estado ahí: la industria del glamour construida sobre la movilidad forzada de personas que luego son señaladas como problema.

Otro caso similar ocurrió en 2017, en la New York Fashion Week diseñadores mexicanos respondieron al discurso antiinmigrante de la era Trump incorporando mensajes de orgullo migrante en sus colecciones. Asimismo en 2018, varias marcas emergentes latinas utilizaron camisetas con consignas como “Immigrants Make America Great” como respuesta cultural a la criminalización fronteriza. Y más recientemente, marcas chicanas y caribeñas han recuperado bordados, textiles y símbolos tradicionales no solo como estética, sino como afirmación política frente a narrativas de exclusión.

La moda latina en Estados Unidos se ha convertido, de hecho, en un espacio de resistencia identitaria, ya no solo celebra raíces culturales; también confronta el sistema que estigmatiza esas mismas raíces.

Pero esta no es la primera vez que la moda ‘alza la voz’ por las causas sociales, en la Semana de la Moda de Londres 2019 varias marcas dedicaron parte de sus presentaciones a visibilizar la crisis climática y algunas incluyeron en sus colecciones materiales reciclados, poniendo la sostenibilidad como ‘modelo’ estrella y convirtiendo la pasarela en denuncia ambiental, dejando claro que la moda dejó de hablar solo de estilo para hablar de cambio global, justicia ambiental y responsabilidad colectiva.

Más recientemente, durante la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid 2022, varias casas de moda ibéricas incluyeron diseños y narrativas en apoyo a la comunidad ucraniana tras la invasión de 2022, integrando bordados con colores de la bandera, mensajes de paz y apoyos claros a la causa humanitaria. No era moda neutralizada: era moda con postura, con declaración, con moral visual.

 

Todos estos ejemplos, sumados al gesto de Rachel Scott con “ICE Out”, nos llevan a una conclusión ineludible: la moda ha dejado de ser superficial para convertirse en herramienta de disputa simbólica y política. Las prendas, los accesorios y las pasarelas ya no solo visten cuerpos, organizan narrativas, construyen memoria y disputan sentidos.

Desde una perspectiva sociopolítica, la moda ya no puede separarse de las condiciones en las que se produce ni de las historias que decide contar. Pues, por ejemplo, cuando un diseñador que ha vivido la experiencia migrante, o cuyas familias provienen de ella, decide poner un símbolo de protesta contra ICE, no está fungiendo como decorador visual, está diciendo, desde la estética, que la justicia social también es parte del estilo de una sociedad que se digna a ser humana.

Cada elección estética es, en ese sentido, una posición frente al mundo, porque cuando las marcas emergentes promueven materiales sustentables, denunciando industrias contaminantes; cuando modelos protestan contra explotación laboral; cuando diseñadores usan sus plataformas para hablar de guerras, migraciones o desigualdades económicas, lo que está ocurriendo no es moda incidental, es activismo con trazo visual, es estilo como motor de crítica y hasta oposición.

Esto tiene un impacto profundo en cómo entendemos el papel de la moda en nuestra sociedad, ya no es solamente un producto de consumo o un símbolo de clase, es un medio para exigir justicia, dignidad y equidad. En un mundo donde las políticas migratorias expulsan a comunidades enteras de sus hogares y donde la desigualdad económica sigue siendo estructural, ver que la moda responde con mensajes claros, y directos, es una señal de que el activismo puede tomar múltiples formas.

Así, la moda contemporánea entra en diálogo directo con los grandes temas de nuestro tiempo: derechos humanos, justicia climática, equidad laboral, migraciones masivas y reconocimiento cultural. Lo que era un accesorio hoy es un símbolo político, lo que era una pasarela ahora es un micrófono visual.

En este contexto, hablar de moda ya no es hablar solo de ropa, es hablar de posicionamiento, agencia y compromiso, porque cuando la moda decide criticar políticas como las del ICE, nos está invitando a todos a preguntarnos qué tipo de sociedad queremos vestir y representar.

Y esa pregunta, final, urgente y profunda, va mucho más allá de un vestido o un pin, es una invitación a ver la moda como lo que realmente puede ser: una forma de resistencia.