En la política contemporánea los personajes ya no solo ocupan sillas, ocupan narrativa. Por eso, cuando aparece Claudia Rivera Vivanco con blazer rojo, camisa blanca, pantalón azul marino y tenis blancos, no estamos viendo solo ropa, estamos viendo un ensayo político con más claridad que la mitad de los posicionamientos que escuchamos en tribuna… Y no, no es exageración, es teoría… Que a algunos les falte lectura no es mi problema.
La imagen pública de una política nunca es inocente, pero en Claudia ni pretende serlo, su outfit de hoy es casi una cachetada visual para quienes siguen soñando con que el poder femenino debe vestirse de silencio y de obediencia. ¡Qué lástima! ella no vino a encajar en los códigos que otros diseñaron, su atuendo no es un look, es un argumento. Barthes lo anticipó hace décadas “vestir es escribir”, y hoy Claudia escribe con tinta gruesa, sin temor a incomodar a quienes preferirían verla diluida entre tonos “callados”.
El blazer rojo es el primer golpe semiótico, no busca esconderse, exige ser vista, es una declaración que interrumpe la narrativa patriarcal que históricamente le ha pedido a las mujeres bajar el volumen de su presencia. El rojo perfora la duda, anuncia liderazgo y ocupación del espacio, pero antes de que ese color incendie todo el mensaje, aparece la camisa blanca, que no suaviza, sino que afila la intención, pues Claudia usa el blanco en tono claridad sin ingenuidad y transparencia sin titubeos. Y en un país donde la transparencia suele ser más promesa que práctica, ella la usa como estrategia.
Portó también un pantalón azul marino que equilibra la escena, recordando que sí, esto sigue siendo política, pero no política vieja, cuadriculada y rancia, porque Claudia sabe dónde está, conoce las reglas del juego y puede dominarlas sin necesidad de entregarse al rígido uniforme del traje tradicional. El azul marino estabiliza lo que el rojo desafía: poder, pero con legitimidad, sin la caricatura del “uniforme político” que tanto aman quienes creen que la formalidad se compra en Liverpool.
Y luego, los tenis blancos ¡Benditos tenis blancos! El auténtico punto de giro del outfit que hace una década habrían sido un sacrilegio en la política tradicional, pero hoy son uno de los signos más avanzados del poder contemporáneo, esos tenis no restan seriedad, la actualizan. Reclaman una idea de cercanía donde se camina con y para el pueblo, pero en Rivera tienen un significado adicional, conectan con una generación que exige autenticidad y cercanía: la Gen Z, que no confía en trajes blindados ni en políticos que parecen hologramas corporativos. Esos tenis dicen: camino contigo, te escucho, soy poder, pero no distancia, son el símbolo perfecto del liderazgo que baja al territorio sin renunciar a la autoridad… Son el puente generacional que la política tradicional todavía no sabe cómo cruzar.
Para la economista, exalcaldesa de Puebla y hoy diputada federal, nada está puesto al azar, su historia política se sostiene en ese delicado equilibrio entre institucionalidad y cercanía, entre rigor y territorio. Bourdieu le llamaría habitus híbrido: capaz de habitar la seriedad del pleno legislativo sin renunciar a la sensibilidad del espacio público, pues ella no viste para “parecer” política, viste para reconfigurar cómo se representa el poder femenino en un país donde el outfit, a veces, pesa más que el discurso.
Y claro, habrá quien critique el rojo, el blanco, el azul y, obvio, los tenis, pero bajo esas críticas se esconde el nervio casi visceral de ver a una mujer que incomoda porque funciona, que es capaz de comunicar poder sin pedir permiso y, que encima, lo hace con un outfit que, siendo totalmente honestos, dice más que muchos discursos de políticos con discursos más vacíos que sus cerebros.
En la política mexicana, donde cada imagen se convierte en mensaje y cada mensaje se vuelve lucha simbólica, este outfit opera como un artefacto retórico que comunica sin gritar, actúa sin necesidad de palabras y se coloca, sin exageración. Un manifiesto visual de las nuevas narrativas femeninas del poder: autoridad sin rigidez, cercanía sin debilidad, modernidad sin frivolidad.
Vestirse en política es tomar postura y Rivera Vivanco la ha tomado con la claridad de quien no teme ocupar el espacio que le corresponde. Eso, en un entorno donde la neutralidad sigue siendo la máscara favorita del poder, Claudia viste para que la moda haga lo que la retórica no siempre puede.