Un paraíso en ‘southern stars’

Si alguien pensaba que a los ‘Ludópatas’ nos podía detener la pandemia del Covid está equivocado.

Hay un pequeño refugio para los que amamos las tragamonedas, la ruleta,  las cartas, el perico, el sexo y la vida nocturna.

Tenía más de 20 días sin salir de casa;  mi vida es buena: como bien, bebo mejor, realizo el ‘delicioso’ con mis lolitas, el dinero producto de mis ‘sucios’ negocios sigue llegando puntualmente y nunca me falta el polvo. Además tengo un gimnasio y una alberca personal que me mantienen en forma.

Sin embargo la aburrición me atrapo. De pronto no quise hacer nada, entré en depresión y después de tener sexo con ‘lolita’ me senté y pensé en jugar a la ruleta con mi glock. Pero sentí un extraño cariño por mi vida, por mi cuerpo y sus cicatrices. A pesar de todo me pertenecían.

Tomé mi camioneta negra y me dirigí hacia un casino clandestino que  montaron en un fraccionamiento de medio pelo, en donde viven empresarios dedicados a las facturas fakes  y políticos involucrados en moches y transas.

El propietario del lugar es un pillo que está independizándose silenciosamente de su jefe, quien lo explotó y le quedó a deber bastante dinero.

El lugar es modesto pero tiene ese encanto que amamos los ludópatas: luces, sexo,  alcohol gratis y la adrenalina de las apuestas.

Cuando llegué había al menos 7 camionetas de lujo, un par de ellas blindadas modestamente (nivel 3)

Un guarura me recibió y me tomó la temperatura.

Una mujer de escasos 23 años me ofreció gel y un cubrebocas, cortesía de la casa.

Otra mujer me llevó a la zona de juegos.

Poseía las mejores piernas que hubiera visto en semanas, movía su trasero como péndulo que hipnotiza: de izquierda a derecha y con armonía provocadora.

En el camino vi a un senador que se besuqueaba con una de sus asistentes.

Me encontré a un político que se siente más poderoso que el Don y jura que el 2024 será gobernador.

Había un congresista que no dejaba de verle las nalgas a las meseras.

Un panista empeñaba su rolex en la caja y es que se le había acabado el cash.

¡Maldita gente de doble moral! Pensé.

Tomé una máquina, empecé a ganar, pedí un wiski y me llevaron dos.

La suerte me sonreía.

A mí alrededor los políticos y empresarios perdían su dinero, perdían  el sentido de la realidad, del humor. Se ponían nerviosos, psicóticos.

Mi suerte era brutal.

Le di una propina a la mesera y ella sin prejuicio alguno me llevó a una cabina y me realizó un ‘cullininguis’ magistral.

Después pasaron dos charolas, una pedía dinero y otra parecía una montaña de harina. Para tener acceso a la segunda debías de aceitar la primera.

El dueño se me acercó para saludarme.

No hubo abrazo de caguamo, un choque de puños fue suficiente.

¿Quién te protege en este pueblo, muchacho?

¿Quién más puede proteger estos negocios, querido Tonny?

Le di una palmada y me fui a sentar con mi vaso de wiski en la mano, mientras las putas y los políticos seguían llegando.

 

Mi cuenta en tuiter: @soprano_tonny

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