DONALD TRUMP NO ESTÁ MUERTO. AVANCES DE LA BATALLA QUE VIENE

Aunque lo saquen a rastras de la Casa Blanca, el trumpismo llegó para quedarse en el Congreso y la Corte Suprema de Justicia. También puede seguir controlando el Partido Republicano, para pesar de sus líderes… y de Joe Biden.

Por Témoris Grecko

 

EMEEQUIS.– Cuatro años de burro en cristalería en la Casa Blanca, de un presidente irresponsable y desvergonzadamente mentiroso que no dejó jamás de humillar y ofender a amigos y enemigos, y que quiso y logró subvertir las formas, los modos, las normas y las instituciones de las que Estados Unidos siempre presume, deberían haber terminado en una clara y severa patada en el trasero para Donald Trump, que lo lanzara a la calle y quizás a prisión, y en un sonoro bofetón para los republicanos que se dejaron capturar, pisotear y manipular por él, hasta convertirse en simples instrumentos de sus abusos y caprichos.

No ha sido así. Y no sólo hacía falta como ejemplo de sanción popular para una corte de los excesos, también era necesario para poder liberarse de ella. Para sofocar el trumpismo y asegurarse de que no vuelva.

No ocurrió. Trump y su circo de maniáticos van a tener que ceder la Casa Blanca –vamos a ver cuánto les cuesta sacarlo del Salón Oval donde se querrá atrincherar–. Pero por lo pronto, mantienen el muy importante, clave, control del Senado; amplían el de la Corte Suprema de Justicia; y a falta de una derrota contundente, conservarán el del Partido Republicano… para tragedia de sus vapuleados líderes.

Lo peor: Clinton se hizo llamar “The Comeback Kid” (el chico que volvió, por la película de 1980), después de casi perder las elecciones primarias demócratas en 1992 y terminar ganándolas. Trump podría arrebatarle el apodo.

UNA VICTORIA INSUFICIENTE

Al terminar de escribir este artículo, todavía hay tensión: Joe Biden parece haber asegurado los 270 electores estatales necesarios para ganar y parece en camino de quitarle a Trump, además, Pensilvania (20 electores) y Georgia (16), con lo que quedaría con 306 electores contra 232. Estadísticamente, Trump todavía puede conservar esos dos estados y quizás incluso recuperar Arizona y Nevada, y así la victoria.

Pero eso es bastante improbable. Vamos a ver qué tanto éxito tienen los republicanos en su ofensiva judicial para tumbarles votos a los demócratas, en una ruta que aún no está clara. Es difícil, casi improbable. Por el momento, doy por hecho el triunfo de Biden.

Pero esta victoria en cámara muy lenta no es lo que deberíamos estar viendo. Y las encuestas predecían que Biden iba a arrasar a Trump con, mínimo, 334 electores estatales contra, máximo, 204. Y con una distancia de 8 a 10 puntos porcentuales del voto popular, no de 3 o 4.

Y lo que tendrá más impacto –un impacto determinante– en el margen de gobernabilidad del próximo presidente Biden es que los demócratas iban bien encaminados a quitarles a los republicanos el control del Senado, arrebatándoles Arizona, Colorado, Carolina del Norte, Maine y Montana (y cediendo Alabama), para quedar con una ventaja de 51 senadores contra 49, y al final sólo lo lograron en los dos primeros estados, con lo que quedan en minoría con 48 escaños frente a 52 de sus rivales.

Aquí hay una salvedad, una inesperada luz que se encendió para los demócratas: al momento de redactar este texto, el candidato republicano en Georgia estaba dejando ir la mayoría absoluta que le hubiera permitido ganar en esta jornada, al caer a 49.98% de los votos (con 50.01% se aseguraba la victoria) y proseguir una clara tendencia a descender mientras se siguen contando los votos por correo.

Además, en ese mismo estado está en marcha un proceso especial por su segundo asiento senatorial. Todo esto indica que en enero serán electos los dos senadores de Georgia, en otra votación popular. Si llegaran a ganarlos, los demócratas quedarían 50-50 con los republicanos, y el voto de calidad de la vicepresidenta Kamala Harris inclinaría la balanza a su favor.

Pero parece bastante difícil porque los aspirantes republicanos tienen ventaja en Georgia. Ambos partidos lo apostarán todo en esa campaña por el control del Senado y convencerán a sus electores de que su decisión será crucial. Lo será.

LOS REPUBLICANOS COMPARTIRÁN EL PODER

En 1980, Ronald Reagan barrió electoramente al entonces presidente Jimmy Carter y lanzó una nueva era de conservadurismo, que les permitió a los republicanos gobernar 12 años y seguir influyendo después, en 1992, ya con Bill Clinton. Para poder sobreponerse al espíritu reaganiano de la época, Clinton tuvo que reorganizar y reinventar el Partido Demócrata para ser más competitivo. De manera similar, Barack Obama creó una gran coalición del centro derecha a la izquierda para convertirse en el primer presidente negro.

Joe Biden no ha logrado nada parecido, ni remotamente, a pesar de que es el beneficiario de la gran ola de la indignación contra Donald Trump. Con los afroamericanos, perdió apoyo. No se diga con los latinos: en Florida, cubanos y venezolanos, y en Texas, los mexicanos, le dieron el voto a un candidato que ha hecho de insultarlos y humillarlos una de sus más visibles marcas de identidad.

Biden, que coqueteó con posturas típicamente republicanas pronunciándose a favor del fracking y de la salud privada, fue incapaz de generar una realineación de planes e ideas, y se conformó con surfear la ola del voto de castigo a Trump. El resultado es que se produjo un voto de rechazo, no el fuerte mandato positivo que Biden necesitaba.

Y mientras los votantes de Georgia no sorprendan decidiendo otra cosa, el Senado seguirá bajo control de la mayoría republicana que lidera el senador Mitch McConnell, quien hizo todo lo posible –y fue mucho– para atar de manos a Barack Obama y hará lo mismo con Biden.

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No hay manera de subestimar el impacto que puede tener McConnell. Es gracias a él que los republicanos se apoderaron nada menos que de la Suprema Corte. En 2016, 10 meses antes de las elecciones, tenían que reemplazar a un magistrado. McConnell dijo que no era posible hacerlo en año electoral, se negó hasta a recibir al nominado por Obama, y fue pateando la piedra hasta que llegó Trump y nombraron a un juez de su agrado. Después, a medio mandato, tocó designar a un segundo magistrado. Y por sorpresa, hace unas semanas murió una jueza icónica del feminismo, Ruth Ginsburg, y a McConnell esta vez no le pareció mal sustituirla poco antes de las elecciones, lo creyó urgente y lo hizo en tiempo récord, con una jueza conocida por sus posturas antifeministas.

Desde Roosevelt, el único presidente electo para cuatro mandatos, ningún mandatario había designado a tres magistrados de la Suprema Corte. Gracias a McConnell, Donald Trump pudo hacerlo en un solo periodo. Y además, rellenó de jueces republicanos todas las cortes federales.

Biden va a encabezar el Poder Ejecutivo y los demócratas, la mitad del Poder Legislativo. Como nunca en la historia reciente, los republicanos tendrán, con 6 jueces contra 3, el control del Judicial. Además de la otra mitad del Legislativo. La estructura de poderes en Estados Unidos quedará dividida en dos.

EL TRUMPISMO LLEGÓ PARA QUEDARSE

La persistencia del poder republicano no tendría necesariamente que ser la del trumpismo. “El Donald” (como le dice su mujer Melania), exmiembro del Partido Demócrata, capturó al Republicano por asalto, contra los deseos de la dirigencia y por sorpresa. Ya como presidente, ha sometido a sus correligionarios a un autoritarismo descuidado, humillante, y los ha atrapado entre la espada y la pared: muchos legisladores y gobernadores han querido oponerse al presidente en algunos temas pero muy pocos se han atrevido porque saben que ser calificados de traidores a Trump pondría en su contra a la fuerte base popular trumpista y perderían sus escaños; al mismo tiempo, en muchas regiones, apoyar al presidente los hizo perder el apoyo de republicanos moderados y de independientes. Muchos creen que entre las víctimas de Trump está el propio Partido Republicano.

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Una gran derrota de Trump, inapelable y en toda la línea, los hubiera ayudado a señalarlo como responsable y alejarlo, si no expulsarlo, del partido. Y a voltear a otro lado cuando Trump enfrente la ira de sus grandes adversarios.

Pero desde hace meses Trump ha estado preparando el terreno para presentarse como víctima de un fraude electoral, de un inmenso complot de políticos, medios de comunicación y potencias extranjeras en su contra. Sus insistententes denuncias –sin presentar ninguna prueba o detalle– de que el voto por correo es falso e incluye muertos y duplicaciones, no adquiere veracidad pero sí peso en la medida en que ese voto lo ha hecho perder estados en los que inicialmente parecía ir ganando, y con ello, la Presidencia.

Ante esa base trumpiana que representa 35-40% del electorado, Trump habrá de ser defendido y el Partido Republicano no podrá parecer dubitativo o tibio sin enfrentar la posibilidad de un cisma catastrófico.

Trump va a enfrentar sólidas demandas judiciales y graves cuestionamientos políticos. El daño que le ha hecho a su país (y al planeta) es enorme. Pero los ajustes de cuentas sólo harán crecer su imagen de mártir ante sus seguidores, harán más urgente el respaldo inequívoco de su partido y le darán mayor autoridad para influir en senadores, diputados y gobernadores republicanos. Son las herramientas que necesita para seguir imponiéndose sobre el partido y tratar de jaquear la Presidencia de Biden.

Más aún: no existen leyes que le impidan volver a ser candidato presidencial en cuatro años. Para quitarle a Bill Clinton una medalla y ponérsela él: la del Comeback Kid.

 

@temoris

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