Las menores violadas en Guatemala: “Mi mamá cree que mi padrastro me embarazó porque le provoqué”

Tiene apenas 14 años y su cuerpo ha sufrido ya prácticamente todas las violencias. La de una figura paterna que abusó sexualmente de ella; la de un Gobierno que le prohibió abortar; la de un sistema que no consigue evitar un segundo embarazo y la de una madre que asegura que “ella se lo buscó”.

 

Sharon Caal Nájera sobrevivió a dos violaciones de su padrastro por las que tiene un hijo, Jonathan Eduardo, de un año. También es una niña a la que le gustaba ir al cole y comer pollo frito, pero de eso ya casi no queda rastro. “No le doy el pecho porque me sangra”, cuenta, mientras prepara el primer biberón. Se agarra la panza de pronto; espera otro bebé.

En noviembre conoció a un chico de 22 años con el que empezó a salir y quedó embarazada al mes. Aunque lo disimule, teme el parto y la sangre brotando de los pezones. Las travesuras de Fernanda y Ashley, las hijas de su madre, Coni, y el abusador de Sharon, la sacan a menudo de sus pensamientos, pero no puede regañarlas. “Son las niñas bonitas de mi mamá”, dice.

El parecido de las pequeñas con Jonathan es evidente. Parecen hermanos. Lo son. “Sí, son iguales a él”, reconoce en referencia a su padrastro y abusador. El biberón es un refugio en una casa de dos espacios en la que viven seis: Coni, Sharon, Alexander, de 12 años; Fernanda y Ashley, de dos y tres, y Jonathan Eduardo, aún ajeno a la violencia que vivió su madre.

Cuando Sharon tenía 12 años, su padrastro la pegó y violó en el patio, borracho y con sus propias hijas delante, que solo tenían unos meses. Horas después lo denunció y desde el año pasado está preso. La televisión es la banda sonora de la monótona vida de Sharon, quien solo despega los ojos del aparato cuando alguno de los niños rompe a llorar.

Teño hambe”, balbucea Fernanda. Es la una de la tarde y Coni aún no ha llegado. Está citada como acusada por una denuncia anónima de maltrato infantil. No saben cuándo volverá. Alexander mete unas monedas en su bolsillo y agarra la bicicleta para ir a la tienda con la más pequeña. San Francisco es uno de los barrios más peligrosos del departamento de Jalapa.

En Guatemala el aborto es ilegal en prácticamente todos los casos. Ni la voluntad de la mujer, ni las violaciones, ni las malformaciones en el feto son razones suficientes para una interrupción voluntaria del embarazo segura y gratuita. Durante el 2020, 47.000 niñas de menos de 19 años quedaron embarazadas sin otra opción que parir. Cerca de 2.000 solo tenían entre 10 y 14.

Los niños vuelven con una gaseosa de mora y hambre. Coni acaba de regresar y deja en la mesa de la cocina un envase de pollo frito y tortillas y se marcha de nuevo. Sharon divide su trozo de carne con Jonathan, que mastica con torpeza. Alexander le pregunta ansioso sobre el bebé que espera: “¿Ya sabés si va a ser varón?”. Ella muerde despacio sin muchas ganas de hablar.

María José Urrutia, la psicóloga de Mujeres Transformando el Mundo (MTM) que ha acompañado a Sharon el último año, aparece en una de sus rutinarias visitas. El capítulo de El Correcaminos es lo único que se escucha entre los reclamos de Coni a su hija: “Vos te lo buscaste. Vos bajaste en la noche con él porque quisiste. Uno no puede deshonrar a su madre así”.

La rabia se le olvida cuando juega con las niñas. Con ellas parece que vuelve a ser una madre empática. “Esta conducta no es atípica”, dice Urrutia, “muchas madres se sienten traicionadas por sus esposos e hijas”. Aunque han intentado que Coni se uniera a las terapias que ofrece MTM, se niega: “Sin el sueldo de él, tengo que trabajar más. ¿Qué le hago?”.

“Tenía pánico”, espeta la psicóloga al recordar los primeros días de consulta y los ojos empañados en lágrimas de una Sharon aún más menuda e insegura. “Le temblaban las manos y no paraba de preguntarme por el parto”, susurra para que la joven, en la habitación contigua, no la oiga. El llanto incesante del pequeño Jonathan ayuda a mantener el secreto.

Hace días que Sharon no sabe nada de su novio. Va y vuelve del mercado con la esperanza de verlo donde siempre, pero no está. Ni rastro del puesto de verduras en el que lo conoció desde que le dio la noticia del embarazo. “Ya va a volver”, resopla. Su mirada vigila incansable a los tres pequeños, que a veces son la excusa para cambiar de tema.

Ana Donis, componente legal del colectivo MTM, critica la “falta de respuesta inmediata del Estado”: “A muchas las vuelven a violar a pesar de haber denunciado”. Sharon fue institucionalizada durante una semana en un albergue de protección infantil, a petición de la Fiscalía. “Hasta que su madre contrató a una chica que hace las labores del hogar”, explica Urrutia.

La lucha por la legalización del aborto en Guatemala es similar a la de David contra Goliat. “Esta sociedad machista y religiosa prima la vida de los que aún no la tienen”, critica Donis. La historia de una de los cientos de niñas atendidas la obliga a seguir enfrentándose al gigante: “Me decía que no quería ser madre por si el bebé le quitaba sus juguetes. Les están robando su derecho a ser niñas”.

Tres tomates, cuatro bolsas de agua potable, champiñones pasados y un caldero con sopa de gallina de hace unos días. Es más fácil enumerar lo que tiene la familia Caal Nájera que lo que le falta. Fernanda abre y cierra la nevera buscando una merienda que no sea un tomate. Pero no la hay.

Sharon preferiría estar en la escuela, pero no volverá. Durante su primer embarazo se escondía bajo abrigos anchos, “pero se dieron cuenta”. Se burlaron y dejó de ir. Sus horarios los rigen ahora el hambre de su bebé y los reclamos de sus hermanos. Este es el tercer pañal que cambia hoy en esta cama, apoyada sobre cuatro ladrillos y ubicada en lo que también es la cocina.

De toda la violencia que ha sufrido Sharon, la que más pesa es la que ejerció su madre. Pero ese desprecio ya no formará parte del segundo embarazo. A finales de marzo, un mes después de que EL PAÍS acompañara a la familia Caal Nájera, Sharon pasó unas semanas en un centro de acogida. Y, finalmente, la jueza otorgó su tutela a la tía. Los días ahora se cuentan para atrás. Y, por ahora, el único futuro que anhela esta niña es el de un parto sin dolor y una lactancia sin sangrado.

 

 

Vía: El País

  • Texto: Noor Mahtani
  • Fotografía: Jaime Villanueva
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