Cd. de México (25 junio 2023).- Los desastres no son naturales, están determinados por las condiciones históricas y económicas que definen la producción del espacio geográfico. Es decir, no es el terremoto, la erupción volcánica o el tornado lo que crea el desastre, sino las condiciones sociales y económicas del lugar en donde estos fenómenos ocurren. La pobreza, la corrupción o la especulación con el precio del suelo son desde esta perspectiva, las variables que explican al desastre. Este argumento define al debate antropológico sobre riesgo desde que Kenneth Hewitt lo propuso como sustento materialista para desnaturalizar los desastres.
“Gregorio es nombrado así por los tiemperos o graniceros, personas ‘elegidas’ por el volcán para comunicar a los habitantes su voluntad. (Juan) me explicó que cada volcán tiene su tiempero y que la Iztaccíhuatl es una volcana que nombran Doña Rosa”.
Con este enfoque estuve en Santiago Xalitzintla, un poblado situado a unos 9 kilómetros del ombligo del volcán Popocatépetl. Tuve la oportunidad de conocer este poblado en el 2001, cuando el volcán había vuelto a mostrar actividad después de casi setenta años de tranquilidad. Asistí como parte de una comisión de académicos que tenía la finalidad de mediar y testificar los diálogos entre el consejo de ancianos del pueblo y las autoridades de Protección Civil del Gobierno de Puebla. La idea era sacar acuerdos para establecer un plan comunitario de evacuación, pero el consejo de ancianos no quería evacuar por razones que para los representantes del gobierno eran irreales. Por ejemplo, no estaban dispuestos a dejar morir animales de granja o a perder sus cosechas, pero sobre todo aseguraban que el volcán no les quería hacer daño.
A la cita nos esperaban con un mole negro, tortillas hechas a mano y cervezas. Nos recibieron con una notable cordialidad. Nosotros, en cambio, llegamos en camionetas todo terreno con vidrios polarizados que al estacionarse levantaron una gran nube de polvo. Sentí mucha vergüenza, creo que ese día comprendí la dimensión de la violencia simbólica que el Estado es capaz de ejercer en una comunidad rural y campesina. Fui el último en bajar y decidí entrar por el fogón de la cocina, pero una señora que parecía la dueña del lugar me ordenó salir de ahí, al tiempo que me entregaba dos cervezas. Me dijo que una era mía y la otra de Juan, un señor que estaba afuera parado.
Me senté con Juan en los escalones que daban al patio de la casa, ahí bebimos y platicamos muy a gusto mientras el resto de mis acompañantes hacían como que escuchaban a los campesinos. Entre otras cosas me habló de Don Goyo, a quien describió como un anciano corpulento, de más de dos metros de estatura, de pelo a la cintura y trenzado. Gregorio es nombrado así por los tiemperos o graniceros, que son personas “elegidas” por el volcán para comunicar a los habitantes su voluntad. Me explicó que cada volcán tiene su tiempero y que la Iztaccíhuatl es una volcana que nombran Doña Rosa.
Me aseguró que Don Goyo no tiene la intención de hacer daño y que mientras se le ofrenden animales y cerveza no pasaría nada. Hay todo un proceso ritual con el que la comunidad busca tener tranquilo al volcán, es un sistema de cargos muy complejo que se debe cumplir en cabalidad. Pero más allá de estas prácticas mágicas y religiosas, encuentro que el señor Juan es portador de conocimiento empírico sobre vulcanología que se transmite a través de tradición oral, pues su padre, su abuelo y otros ancestros también han sido tiemperos.
Los expertos en desastres quizá no comprenden que la gente en Santiago Xalitzintla es consciente del riesgo y algunos veneran al volcán porque viven con miedo. Pero la evacuación del lugar no ocurrirá por mandato gubernamental, sino por consenso en atención a las indicaciones del tiempero y otras figuras de autoridad local. Aunque esta interacción ocurrió hace años, en este momento persiste aquella visión tecnocrática del riesgo que impidió armar una evacuación consensada y más allá del principio de autoridad experta en desastres. Sin embargo, a la coyuntura actual hay que sumar la desaparición del Fondo Nacional de Desastres, un recurso que permitía resolver imprevistos y asumir gastos en apoyo a las poblaciones en riesgo. El despertar del volcán llega en el peor contexto de gestión nacional de desastres, queda esperar que los ritos alimentarios apacigüen a Gregorio.
*Antropólogo adscrito al Departamento de Investigaciones Educativas del Cinvestav