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Jeringar, Hassan Gokal, un médico de origen paquistaní, fue llevado ante la Corte de Harris, en Texas, acusado por el gobierno de robo de vacunas y suministrarlas a su esposa y conocidos.

TOLVANERA / Roberto Zamarripa

Hassan Gokal, un médico de origen paquistaní, fue llevado ante la Corte de Harris, en Texas, acusado por el gobierno de robo de vacunas y suministrarlas a su esposa y conocidos. El juez Franklin Bynum desestimó los cargos y lo exoneró. Con las incriminaciones “que generalmente se usan para describir una acusación de robo en tiendas minoristas -dijo el juez en su sentencia- el Estado intenta, por primera vez, criminalizar la administración documentada de dosis de vacunas por parte de un médico durante una emergencia de salud pública”.

En su versión, Gokal explicó que el 29 de diciembre pasado como responsable de la vacunación en la ciudad de Humble, Houston, acudió a suministrar 250 dosis de la vacuna Moderna para personas elegibles: trabajadores de la salud y personas mayores de 65 años o con una condición de salud grave. La instrucción era no desperdiciar dosis. Cada frasco de vacuna daba 10 dosis. Venía ultracongelado y su caducidad, después de abrirlo, era de 6 horas.

A las 18:45 horas, a punto de cerrar la jornada de vacunación, un enfermero perforó un vial nuevo para administrar vacunas, lo que activó la cuenta regresiva de seis horas para las dosis restantes. Ya no llegaron más personas y cerraron el servicio. El médico avisó a un superior que buscaría pacientes para agotar las 10 dosis y la respuesta fue simplemente: “OK”.

Buscó por teléfono opciones mientras regresaba a su domicilio con el frasco abierto. Vacunó a una mujer de 60 años con problemas cardiacos y otra de 70 que lo esperaban en su casa. Fue con otros vecinos. Vacunó a un hombre de 60 años enfermo; la madre de 90, postrada en cama; la suegra, de 80, con demencia, y la esposa del señor que cuida de todos. En otra casa a una anciana mayor de 70; en una más, a una recepcionista de una clínica de 50 años y a una mujer de 40 que tiene un hijo que depende para vivir de un ventilador. Llevaba 9 vacunados. Faltaban 15 minutos para que se agotaran las 6 horas de vigencia de la vacuna.

Decidió vacunar a su esposa afectada con una enfermedad crónica del pulmón. “No tenía la intención de darte esto, pero en media hora voy a tener que tirarlo por el inodoro”, le dijo.

Gokal fue despedido por sus superiores y sometido a juicio. Su caso concitó repulsa de unos y solidaridad de otros. El juez lo perdonó.

· · · El pasado viernes, el gobierno federal anunció a los gobiernos estatales que la campaña de vacunación de adultos mayores iniciaría este lunes con 870 mil vacunas de AstraZeneca para aplicarse prioritariamente en zonas rurales, apenas un 5.5 por ciento de la demanda para mayores de 60 años. En el encuentro les notificaron que los funcionarios estatales deberán conseguir los lugares para aplicar las vacunas y refrigeradores para congelarlas. Y nada más. La estrategia no les pertenece.

En Texas, a un médico lo quieren llevar a la cárcel porque usó sobrantes de vacunas con sus vecinos antes que desperdiciarlos. En México, con pocas vacunas, la estrategia es llevarlas donde están los olvidados, los que viven aislados, aunque no cundan las muertes ni los contagios. Entre más lejos estén, más vacunas llegarán. Y los gobiernos locales crujen porque sus hospitales urbanos, a la vuelta de la esquina, revientan y unas cuantas vacunas aplicadas serían cataplasma puro. Evitarían unas cuantas muertes en las zonas colapsadas.

El criterio central impera por encima de las inquietudes locales. La vacuna soy yo.

Deberíamos festejar el pinchazo al médico y al adulto mayor. De donde fuere. Celebrar que la vacuna llega y, aunque sea a cuentagotas, ya se aplica. Pero la vacuna es conflicto, punto de reyerta. Un país que confunde el uso de las jeringas: no son para aliviar sino para jeringar al prójimo. Las vacunas de la discordia.

Slavoj Zizek, el filósofo esloveno, lo resume: “Hay que asumir la crisis, no seamos ingenuos. Con las vacunas la gente dice: ‘Por fin vemos la luz al final del túnel’. Claro que la vemos: de frente viene un tren”. (El País. 23/01/21).

robertozamarripa2017@gmail.com

Vía: REFORMA

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