La violencia electoral en México ha alcanzado niveles alarmantes, marcando este proceso electoral como uno de los más violentos en la historia del país. Con el asesinato de 30 aspirantes a cargos políticos, 77 amenazados y 11 secuestrados, la situación ha sembrado dudas sobre la gobernabilidad en varias regiones, donde la frontera entre el Estado y el crimen organizado es cada vez más borrosa, advierten los especialistas.

El panorama se torna aún más sombrío al observar la escalada de violencia en las últimas semanas. Noé Ramos Ferretiz, candidato a la presidencia municipal de Ciudad Mante (Tamaulipas), fue brutalmente apuñalado durante un acto de campaña, mientras que en un evento paralelo, Alberto Antonio García, aspirante de Morena a la alcaldía de San José Independencia (Oaxaca), fue encontrado sin vida. Estos casos, solo los últimos de una serie macabra, ponen de manifiesto la peligrosidad que rodea a los actores políticos en este proceso electoral.
Los números son alarmantes: en 2021, al menos 30 contendientes perdieron la vida, mientras que en el proceso de 2018 se contabilizaron 24 casos. A falta de más de 40 días antes de la fecha de votación, estas elecciones están cerca de convertirse en las más violentas de los últimos años, según Arturo Espinosa Silis, director de Laboratorio Electoral.

Pero la violencia no se limita a los asesinatos. Más de 170 agresiones, incluyendo atentados, secuestros y amenazas, han marcado la contienda electoral, poniendo en jaque la integridad de los candidatos y la legitimidad del proceso democrático. La situación es tan crítica que incluso durante la redacción de este artículo se registraron nuevos intentos de homicidio contra candidatos en distintas partes del país.

La geografía de la violencia electoral es amplia y preocupante. Desde Michoacán, Guerrero y Chiapas, hasta otros estados como Oaxaca, Estado de México, Guanajuato, Jalisco, Puebla y Veracruz, se han registrado casos de violencia letal contra aspirantes a cargos políticos. La impunidad reina en muchos de estos casos, donde las autoridades parecen incapaces de contener la espiral de violencia que azota al país.
El fenómeno de la violencia electoral no es nuevo, pero su magnitud y brutalidad en este proceso han dejado atónitos a los observadores. La influencia del crimen organizado en la vida política del país es innegable, con grupos que buscan ejercer control territorial a través del miedo y la violencia. Los candidatos y sus equipos enfrentan un riesgo constante, en un ambiente de tensión y temor que limita la participación democrática y amenaza la estabilidad del país.
Ante esta situación, la sociedad mexicana se enfrenta a un desafío sin precedentes. La violencia política, lejos de ser un fenómeno aislado, se ha convertido en una realidad cotidiana que amenaza la vida de quienes se atreven a participar en la vida pública. Las elecciones, lejos de ser un ejercicio democrático, se han convertido en un campo de batalla donde la vida y la muerte se disputan el protagonismo.
Vía El País