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Olinia el carro más feo y mi mamá quiere uno.

Columna de opinión Adriana Colchado (@tamalito_rosa)

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Ayer la presidenta Claudia Sheinbaum presentó el Olinia, el famoso automóvil eléctrico mexicano que promete revolucionar la movilidad urbana. Y mientras medio país discutía si era un avance tecnológico histórico o un electrodoméstico con llantas, yo estaba sentada viendo la transmisión con mi mamá.

Mi primera reacción fue inmediata:

—Está bien feo.

Perdón. Alguien tenía que decirlo.

Porque sí, entiendo la innovación, la sustentabilidad, la movilidad urbana, la reducción de emisiones y todos los conceptos que seguramente vienen en el folleto institucional. Pero visualmente parece que una combi tuvo un hijo con un refrigerador industrial.

No tiene curvas.

No tiene carácter.

No tiene glamour.

Tiene la estética de un tupper gigante.

Pese a todos los comentarios sobre su horrible aspecto, mi mamá dijo:

—Pues yo quiero uno.

Mientras yo estaba analizando el diseño como si fuera jurado de un certamen de belleza automotriz, mi mamá estaba pensando en algo mucho más práctico: ir por los garrafones de agua sin depender de nadie. Recuperar un poco de independencia.

Y la verdad es que ahí el Olinia empieza a verse mucho más bonito.

Porque una cosa es verlo en una conferencia mañanera y otra muy distinta imaginarlo resolviendo problemas reales.

Mi mamá no quiere presumirlo. No quiere subir selfies con él. No quiere que la gente le pregunte qué versión compró. Quiere ir de compras sin depender de sus hijas.

Ahora bien, tampoco nos emocionemos tanto. Porque si algo me preocupa no es el diseño, es la seguridad. Muchísimo.

Tal vez porque soy hija de una mujer que cada vez que salgo de noche me dice “ten cuidado, nunca sabes qué loco anda manejando”. Y tiene razón. Uno puede ser el conductor más prudente del mundo y aun así encontrarse con alguien que viene texteando, borracho o jugando a ser piloto de Fórmula 1 en el Periférico.

Por eso cuando veo el Olinia no puedo evitar preguntarme qué tan seguro es realmente. Porque a simple vista parece pequeño. Muy pequeño. Y cuando observas el frente prácticamente inexistente, la pregunta aparece sola.

¿Qué pasa si recibe un impacto?

¿Qué sistemas de protección tendrá?

¿Qué pruebas de seguridad superó?

¿Qué tan protegido estará el conductor?

Porque si algún día mi mamá termina manejando uno, yo quiero saber que está segura.

No porque dude de la ingeniería mexicana. Al contrario. México lleva décadas fabricando automóviles para las marcas más importantes del mundo. Aquí hay ingenieros, técnicos y especialistas extraordinarios. La industria automotriz mexicana es una potencia y nadie puede negar eso.

Mi desconfianza no viene de la mano de obra. Viene de la vista. Porque visualmente el coche no transmite esa sensación de protección que sí transmiten otros vehículos. Y claro, puede que esté equivocada. Puede que detrás de ese diseño de refrigerador futurista exista toda una estructura pensada para proteger a los pasajeros.

Ojalá sea así. De verdad.

Porque más allá de las filias y fobias políticas, la idea tiene potencial. Un vehículo eléctrico, mexicano, relativamente accesible, pensado para trayectos urbanos: suena bien, muy bien, de hecho.

Y entonces regreso a mi mamá.

Porque mientras los analistas políticos discuten si el proyecto representa una victoria de la Cuarta Transformación o una apuesta arriesgada, ella ya está haciendo cuentas mentales.

Y quizá esa sea la mejor señal de que el proyecto tiene futuro. Porque cuando una mamá, un emprendedor, una familia,  empieza a planear su vida alrededor de un producto, significa que algo está haciendo bien.

Aunque parezca una combi.

Aunque parezca un refrigerador.

Aunque parezca un dibujo hecho en una libreta de primaria.

Eso sí.

Antes de entregarle las llaves, alguien explíqueme cuántas estrellas tiene en seguridad.

Porque mi mamá quiere un Olinia.

Y yo quiero que regrese sana y salva.

Hasta aquí el chisme, lo viral, el tamal con crema… y también con pasas.

Por Adriana Colchado

Mi cuenta en X: @Tamalito_Rosa