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Cuando una mujer perdona violencia, todos la condenan

Columna de opinión Adriana Colchado (@tamalito_rosa)

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Hay una frase que he leído tantas veces estos días que ya me tiene francamente agotada: “Pues si ya lo perdonó, entonces que no se queje”.

Y cada vez que la leo pienso exactamente lo mismo: qué fácil es opinar de una cárcel cuando nunca has tenido que vivir dentro de ella.

Hace unos días todo México vio el video donde Víctor “N”, exdirector de Pemex, golpeaba brutalmente a su esposa dentro de su propia casa. No fue un rumor. No fue un “dicen”. No fue una denuncia sin pruebas. Lo vimos. Ella le decía que los estaban grabando y aun así él siguió golpeándola. Hubo algo especialmente escalofriante en esa escena: no era solamente la violencia, era la tranquilidad con la que la ejercía. Como si hacerlo fuera parte de la rutina. Como si las consecuencias fueran un problema del futuro.

El país entero reaccionó con indignación. La presidenta Claudia Sheinbaum habló del tema. Las redes sociales exigieron justicia. Las mujeres —porque prácticamente todas conocemos la violencia, aunque sea desde distintas trincheras— sentimos ese nudo en el estómago que aparece cuando reconocemos una historia demasiado familiar.

Porque sí, casi todas hemos vivido alguna forma de violencia.

Algunas económica.

Otras psicológica.

Otras emocional.

Algunas más vicaria.

Y las menos afortunadas, física.

Después ocurrió algo que cambió por completo la conversación. Trascendió que la esposa del exfuncionario le había otorgado el perdón. Y entonces sucedió lo que siempre sucede: El agresor dejó de ser el protagonista, ahora la culpable era ella.

Que si “le gusta que le peguen”.

Que si “para qué denuncia”.

Que si “es una tonta”.

Que si “se lo merece”.

Pazúmecha… cómo nos encanta juzgar mujeres. Porque pareciera que para muchas personas el verdadero pecado no fue golpearla, fue perdonarlo. Y ahí sí me van a disculpar, pero esa narrativa me parece profundamente injusta.

Hay algo que quienes nunca han vivido una relación violenta no alcanzan a comprender. Salir de ahí no es tan sencillo como empacar una maleta, cerrar la puerta y poner a todo volumen esa canción que Shakira le dedicó a Piqué mientras una recupera su autoestima. Ojalá fuera así de simple.

Un hombre violento jamás llega a la primera cita diciendo: “Hola, mucho gusto, en seis meses voy a controlarte, aislarte de tu círculo social, destruir poco a poco tu seguridad, engañarte, quitarte tu dinero y lanzarte un plato a la cara”

No. Los hombres violentos suelen ser encantadores al principio. Te enamoran; te hacen sentir especial; te convencen de que eres distinta; construyen un vínculo;  y cuando ya invertiste tiempo, amor, planes, ilusiones y hasta una versión completa de tu futuro… empiezan a cambiar.

Primero son pequeños comentarios “como que ya subiste de peso”, después las revisiones del celular, más tarde los gritos, luego los insultos y el aislamiento. Y cuando menos te das cuenta ya sientes que no tienes red de apoyo. Ya no confías en tu criterio. Ya dudas de todo, hasta de ti.

Y entonces llega el golpe. Pero el golpe no empezó con el puño. Empezó mucho antes. Empezó el día que logaron convencerte de que nadie más iba a quererte.

Por eso me desespera escuchar frases como: “Si sigue ahí es porque quiere.” No.

A veces sigue ahí porque ya le destruyeron la autoestima.

Porque depende económicamente.

Porque tiene hijos.

Porque tiene miedo.

Porque cree que puede cambiarlo.

Porque lleva años escuchando que el problema es ella.

Porque salir también da miedo, muchísimo miedo.

Y sí, claro que podemos reconocer que alguien nos hace daño. No somos ingenuas. No somos tontas. Simplemente el vínculo emocional no desaparece el mismo día en que aparece la violencia. Ojalá.

Nos educaron durante décadas para creer que el amor todo lo puede. Las películas, las canciones, las telenovelas, las novelas románticas. Todas insistiendo en que la mujer correcta logra cambiar al hombre incorrecto. Spoiler: casi nunca funciona.

Y ahí seguimos muchas intentando rescatar historias que hace mucho dejaron de rescatarnos a nosotras.

Eso tampoco significa justificar lo ocurrido.

Lo que hizo Víctor “N” merece consecuencias. Y afortunadamente las tendrá.

Porque aunque ella lo haya perdonado, el delito de violencia familiar se persigue de oficio y el proceso penal continúa. Esa es quizá la mejor noticia de toda esta historia. La justicia entendió algo que como sociedad todavía nos cuesta aceptar: una víctima puede perdonar por muchas razones, pero el Estado tiene la obligación de investigar y sancionar la violencia. Eso protege a esa mujer.

Y también protege a las que vienen detrás. Porque el mensaje debe ser clarísimo: golpear tiene consecuencias. Siempre. Ahora bien…

¿De verdad creen que insultar a una mujer golpeada ayuda?

¿Llamarla tonta la hará salir más rápido?

¿Humillarla reconstruirá la autoestima que alguien pasó años destruyendo?

Yo creo exactamente lo contrario. Lo que necesita una mujer atrapada en una relación violenta no son miles de desconocidos gritándole que es una idiota. Necesita una mano. Necesita una red. Necesita saber que cuando decida salir habrá alguien esperándola del otro lado. Porque salir también requiere compañía y muchísimo valor.

Así que la próxima vez que veamos una historia así, tal vez podamos hacer un pequeño esfuerzo.

En lugar de preguntar:

“¿Por qué sigue ahí?”

Tal vez deberíamos preguntarnos:

“¿Qué puedo hacer para que tenga un lugar seguro cuando decida irse?”

Porque entre juzgar y acompañar hay un mundo de diferencia. Y sinceramente… yo preferiría vivir en el segundo.

Hasta aquí el chisme, lo viral, el tamal con crema… y también con pasas.

Por Adriana Colchado @Tamalito_Rosa