#CartasaLolita -El labial- / El asesinato de un valet parking

 

 

El Labial

Anoche mi habitación se tiñó de ella.

Mi escritorio, el baño, el sillón, la cama…, todo lo que había ahí tenía su color, peor o mejor aún, no lo sé, pero sentí su aroma.

Y recordé la tarde que nos llenamos de besos y su labial se despintó al grado que terminó literalmente como un payaso.

Recogí a Lolita en Plaza Dorada una tarde de Agosto.

Como siempre, cabello suelto (un caos en donde se esconde la felicidad), blusa, jeans y sus inseparables tenis rojos.

Subió al carro, me besó y arranqué con rumbo a un motel.

Ella se acercó a mi oído y me preguntó:

-¿Tonny, me quieres?

-Claro –respondí.

-¿Te puedo pedir algo?

Por supuesto, lo que quieras.

Lolita sacudió su cabeza sonriendo y la recargó en mi hombro: Hoy no quiero tener sexo contigo, quiero que me lleves a comer.

Tragué saliva y le dije: Va, al cabo que ni quería (le dije en tono de broma pero por dentro estaba confundido). ¿pizza?

-Mmmm no –dijo pensativa-

-¿Molotes, tacos, hamburguesas? tú dime

-mmmm quiero pozole.

-Yo también –respondí.

Fuimos a la pozoleria Linaloe.

Dos platos medianos de pozole. Ella pidió de pollo y yo de cabeza. Ella un agua de horchata y yo una XX lager.

No pude más y le pregunté: ¿Por qué no quisiste que aprovecháramos el tiempo de otro modo?

-¿Por qué me preguntas eso?

La voz de Lolita sonó muy seca y entendí que acababa de pronunciar las palabras equivocadas.

-Perdón por ser mujer y reglar. Pensé que lo entenderías pero ya veo que solo quieres sexo.

Ella intento pararse.

Pero el mesero con el pozole en mano y una vecina (chismosa) que llegaba al lugar la contuvieron.

Tomó mi mano y la apretó.

Me dio un beso, sonrió y me dijo: Comamos.

La miré una y mil veces en pocos segundos, y en ese instante eterno supe que esa mujer me tenía loco y yo a ella.

De postre pedimos un flan, pagamos y nos fuimos.

Nos estacionamos en una calle oscura y vacía.

Entonces me besó con amor y violencia. Su mano buscó mi pecho, mis muslos y mi entrepierna.

Mis manos hicieron casi el mismo recorrido: sus pechos, sus mulos y sus nalgas.

Los nervios del placer estaban al descubierto. El menor placer bastaría para poner en libertad todo paraíso. Pero la madre naturaleza lo impidió.

Paramos unos segundos, nos miramos a los ojos y nos volvimos a besar.

Su boca descendió lentamente y me dio el placer que sus caderas me habían negado.

De pronto se detuvo y me dijo: hubiera querido enamorarme de alguien más joven y guapo. Pero qué vamos a hacerle… Me he enamorado de ti.

Arranqué el auto rumbo a su casa.

En el trayecto ella me preguntó ¿Te puedo pedir otro favor?

-Claro, dime –respondí nuevamente-

-Nunca me olvides.

-Nunca te olvidaré. No podría hacerlo. –le susurré-

Pero lo cierto es que al día de hoy mi memoria poco a poco se va alejando de ella.

Y si escribo estas cartas es para perseguir su recuerdo.

PD: Esa noche me mandó un furioso mensaje de audio: ‘No me avisaste que tenía labial en toda la cara, parecía payaso y mis padres me rete cagaron’

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El asesinato de un valet parking

La mujer de Martín fue una taibolera que él había sacado de trabajar de un barcito de medio pelo en donde la había conocido hace un par de años.

¿Volviste, Martín? –le dijo-

Su voz reptó por las tres piezas que rentaban cerca de Momoxpán; y espantó a Martín quien ya le prendía una veladora a la Santa muerte.

-Si.

-Te fue bien, ¿verdad? –le dijo-

-Gracias a la Santita. ¿Cómo supiste?

-Porque huelo que le estas poniendo sus veladoras a la niña. ¿La vendiste toda?

-La que me lleve. Y bien vendida. Me pagaron bien. Cada vez tengo más clientes: unos pinches juniors se llevaban hasta para regalar.

La mujer se paró y fue con Martín, quien ya contaba los billetes.

En lugar de ayudarlo, fue hasta la estufa y le prendió lumbre a la olla de café y a unos frijoles.

-La niñita es re buena. Con ella de tu lado no hay Comandante que valga.

 

Al otro día Martín salió de su casa y ya no regresó. Fue baleado afuera del bar en donde trabajaba como valet parking.

Su mujer aun no lo sabe y le pone con toda su fe un par de veladoras a la Santa muerte para que lo proteja y regrese con bien.

Historia ficción de por aquí cerquita.

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