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Cómo es dormir en el espacio

Por: Rocío Rios

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El sueño humano se enfrenta a su mayor desafío fuera de la Tierra: la desincronización del reloj biológico y las condiciones extremas de la microgravedad

El sueño es una función biológica esencial para la vida humana, indispensable para la recuperación física y mental del organismo. En la Tierra, este proceso está regulado por los ciclos naturales de luz y oscuridad derivados de la rotación del planeta. Sin embargo, en el espacio exterior estas condiciones se modifican de forma radical, convirtiendo el descanso en uno de los mayores retos para los astronautas.

De acuerdo con el Dr. Fructuoso Ayala Guerrero, investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México, el sueño humano está gobernado por el ritmo circadiano, un sistema biológico de aproximadamente 24 horas que sincroniza las funciones del cuerpo con la alternancia entre el día y la noche.

Este reloj interno depende principalmente de la luz. La información luminosa entra por la retina y llega al núcleo supraquiasmático del cerebro, que actúa como centro regulador. Este, a su vez, controla la glándula pineal, responsable de liberar melatonina cuando disminuye la luz, señalando al organismo que es momento de dormir.

Durante el día, el cuerpo alcanza su mayor rendimiento físico y mental, mientras que por la noche disminuyen la temperatura corporal, la presión arterial y la actividad cardíaca, facilitando el descanso. El sueño se organiza en ciclos de aproximadamente 90 minutos que incluyen fases ligeras, profundas y MOR, esenciales para la recuperación integral.

En el espacio, este equilibrio se altera de manera significativa. En la Estación Espacial Internacional, la órbita terrestre provoca hasta 16 amaneceres y atardeceres en un solo día, lo que desajusta completamente el ritmo circadiano.

El resultado es un sueño más corto y de menor calidad. En promedio, los astronautas duermen alrededor de seis horas, con un descanso más ligero y menos reparador. Esto puede generar insomnio, fatiga, estrés y dificultades de concentración.

Aunque se han implementado sistemas de iluminación artificial para simular los ciclos terrestres, estos no logran restablecer por completo el equilibrio biológico. Además, dormir en el espacio implica adaptarse a la microgravedad: los astronautas deben sujetarse o dormir dentro de bolsas fijadas a las paredes para evitar flotar dentro de la nave.

La vida en el espacio afecta mucho más que el descanso. La microgravedad provoca pérdida de masa muscular, debilitamiento óseo y alteraciones en la orientación espacial al eliminar referencias como arriba o abajo.

También impacta el sistema circulatorio, la digestión y la regulación hormonal. Un ejemplo clave es el cortisol, que en condiciones normales se libera durante el día para proporcionar energía, pero si se desajusta puede provocar insomnio, ansiedad e inquietud.

El investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México explicó que estas alteraciones aumentan la susceptibilidad a enfermedades, debilitan el sistema inmunológico y afectan funciones cognitivas como la memoria, el aprendizaje y la capacidad de reacción. En casos extremos, incluso pueden presentarse alucinaciones.

El estado emocional también se ve afectado: el aislamiento prolongado, el confinamiento y la convivencia en espacios reducidos incrementan la irritabilidad, la ansiedad y el estrés.

El sueño, frecuentemente subestimado en la vida diaria, se convierte en el espacio en un factor determinante para la supervivencia. En entornos donde el cuerpo pierde sus referencias naturales, descansar deja de ser automático y se convierte en un problema científico.

Comprender y proteger el descanso será tan importante como el desarrollo tecnológico para garantizar el futuro de la exploración espacial y la posibilidad real de vivir fuera de la Tierra.