Más resultados...

Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

México sobre fuego y movimiento

Por: Rocío Rios

COMPARTE:

Facebook
X
WhatsApp

El Cinturón Volcánico Transmexicano revela un sistema geológico activo que influye en sismos, volcanes y en la vida de casi el 40% de la población del país

A lo largo del territorio mexicano se extiende una franja geológica invisible que cruza el país de costa a costa y que, aunque no aparece en los mapas turísticos ni es perceptible a simple vista, tiene un impacto directo en la vida de millones de personas. Se trata del Cinturón Volcánico Transmexicano, una de las regiones tectónicas más importantes y activas del país.

Este sistema geológico atraviesa el centro de México y concentra volcanes, fallas y procesos tectónicos que continúan moldeando el territorio. En él habita aproximadamente el 40 por ciento de la población nacional, lo que convierte a esta región en un espacio donde la dinámica de la Tierra y la vida humana conviven de manera permanente.

El Cinturón Volcánico Transmexicano comenzó a formarse hace cerca de 23 millones de años y se extiende por alrededor de mil kilómetros. En su trayectoria alberga algunos de los volcanes más emblemáticos del país, como el Popocatépetl, el Paricutín, el volcán de Colima y el Pico de Orizaba, considerados referentes tanto geológicos como culturales.

Además de su importancia paisajística, esta franja ha sido escenario de eventos sísmicos que han marcado la historia moderna de México. Entre ellos destacan el sismo de Acambay en 1912 y los terremotos ocurridos en Michoacán en 1985 y 2022, los cuales evidencian que la actividad sísmica del país no se limita a las zonas costeras, sino que también se origina en el interior del continente.

A diferencia de otras regiones volcánicas del mundo, el comportamiento del sistema mexicano no responde a una sola línea de subducción. Su dinámica es más compleja debido a la interacción de las placas tectónicas de Cocos y Rivera, que se deslizan por debajo de la placa Norteamericana en un proceso oblicuo y no uniforme.

Esta interacción genera variaciones en la velocidad de desplazamiento del terreno. Mientras que en el noroeste el movimiento alcanza aproximadamente 23 milímetros por año, en el sureste esta velocidad puede ser casi tres veces mayor, lo que influye directamente en la acumulación de energía en el subsuelo y en la forma en que esta se libera.

Uno de los fenómenos más relevantes estudiados en esta región son los llamados “eventos sísmicos lentos”, identificados principalmente en zonas como Guerrero y Oaxaca. A diferencia de los terremotos tradicionales, estos procesos pueden durar semanas o incluso meses, liberando energía de forma gradual y casi imperceptible.

Estos movimientos provocan deformaciones en la corteza terrestre que pueden alcanzar desplazamientos horizontales de hasta 15 milímetros. Aunque parecen mínimos, estos cambios son fundamentales para comprender el comportamiento del subsuelo y anticipar el posible origen de sismos de mayor intensidad.

De acuerdo con especialistas del Instituto de Geofísica de la UNAM, el estudio de estas deformaciones permite observar cómo las rocas se comprimen, se pliegan o se fracturan bajo la presión constante de las placas tectónicas. Se trata de un proceso silencioso pero continuo que resulta clave para el análisis de riesgos sísmicos.

La ciencia no busca predecir con exactitud cuándo ocurrirá un sismo, sino reducir la incertidumbre mediante el entendimiento del comportamiento del terreno. Este conocimiento es fundamental para el diseño de ciudades más seguras y para mejorar la capacidad de respuesta ante desastres naturales.

El Cinturón Volcánico Transmexicano no es únicamente una herencia geológica del pasado, sino un sistema vivo que continúa transformándose. Su actividad constante recuerda que el territorio mexicano está en permanente movimiento y que comprenderlo es esencial para convivir con él de manera más segura y consciente.