La reunión del 5 de noviembre en el Senado reabre la posibilidad de acuerdos entre los primos, en medio de la disputa por Puebla capital. La eventual reelección de Pepe Chedraui y la influencia del grupo de Sergio Salomón marcan las negociaciones rumbo a 2027 y 2030.
En política, las fotografías rara vez son inocentes. Y cuando dos personajes que han competido por el mismo espacio de poder deciden aparecer juntos, la pregunta no debería ser únicamente dónde se encontraron, sino por qué consideraron conveniente que todos los vieran.
Eso ocurrió este jueves 5 de noviembre, cuando el gobernador Alejandro Armenta y el senador Ignacio Mier Velazco se reunieron en el Senado de la República.
La hipótesis que abre esta fotografía es sencilla: el gobernador podría estar dispuesto a reconstruir puentes con su primo antes que permitir que otro grupo político consolide el control de Puebla capital y se proyecte hacia la sucesión de 2030.
No significa que exista un pacto firmado ni que la imagen demuestre una negociación electoral. Significa que el encuentro adquiere otro sentido cuando se observa quiénes están disputando el poder, qué necesita cada uno y qué podrían perder si no construyen acuerdos.
Gracias, senador, @NachoMierV, por el recibimiento. 🤝🏻 Sumamos esfuerzos y trabajando por el Bienestar y la Transformación de Puebla. 🙌🏻🇲🇽
— Alejandro Armenta (@armentapuebla_) November 5, 2026
Nacho Mier no es un adversario cualquiera
Para comprender el peso de la reunión hay que comenzar por una diferencia fundamental entre Ignacio Mier y otros personajes del oficialismo poblano.
Nacho Mier no depende políticamente de Alejandro Armenta para conservar su relevancia nacional.
Su trayectoria legislativa, sus relaciones dentro de Morena y su papel en el Senado lo colocan en una posición distinta a la de los funcionarios cuya carrera está directamente vinculada con las decisiones del gobernador.
Mier participa en uno de los espacios donde se negocian y defienden las prioridades legislativas del gobierno de Claudia Sheinbaum.
Esa función lo convierte en un interlocutor importante dentro del movimiento.
Y eso cambia la naturaleza de cualquier negociación con Armenta.
El gobernador puede tener capacidad para influir en la política estatal, en las candidaturas locales y en los equilibrios internos de Morena Puebla. Pero no controla por sí solo las relaciones nacionales de su primo.
Nacho tiene una fuente de poder propia. Y precisamente por eso puede resultar más útil como aliado que como adversario.
La relación entre ambos no siempre ha sido sencilla.
En la disputa por la candidatura de Morena al gobierno de Puebla en 2024, Ignacio Mier buscó la nominación que finalmente obtuvo Alejandro Armenta. Aquella competencia dejó diferencias políticas entre sus respectivos equipos.
Después, Armenta insistió públicamente en la idea de que sus familiares no debían convertirse en beneficiarios de su posición política. El mensaje alcanzaba inevitablemente a un apellido que ambos comparten. Pero la política tiene una característica que suele imponerse sobre los agravios: las alianzas cambian cuando cambian los riesgos.
Y los riesgos para Armenta ya no son los mismos que tenía cuando disputaba la candidatura a gobernador.
Pepe Chedraui, la reelección que podría convertirse en un problema para 2030
El primer elemento de esta ecuación es el alcalde de Puebla, José Chedraui Budib.
Pepe tiene una ventaja que ningún otro aspirante puede fabricar: ya gobierna la capital.
Si consigue la candidatura de Morena para buscar la reelección en 2027 y gana, llegaría a 2030 con seis años de exposición pública, una estructura política consolidada y el antecedente de haber ganado dos elecciones municipales.
Eso no lo convertiría automáticamente en candidato a gobernador, pero sí en uno de los perfiles con mayores posibilidades de disputar la sucesión.
Y ahí aparece el problema para Armenta.
Un alcalde reelecto de Puebla capital puede convertirse en un aspirante con fuerza propia, especialmente cuando no pertenece al círculo de confianza del gobernador.
Chedraui mantiene relaciones políticas y empresariales que trascienden la estructura estatal. Su llegada a la presidencia municipal tampoco puede explicarse exclusivamente a partir del respaldo de Armenta.
Por eso, desde una lectura de poder, su eventual reelección representaría mucho más que la continuidad de una administración municipal.
Sería la consolidación de un grupo con capacidad de disputar espacios rumbo a 2030.
Si Armenta quiere conservar influencia en la definición de su sucesor, permitir el fortalecimiento de un liderazgo con el que mantiene diferencias podría complicarle ese objetivo. Y Pepe no aparece solo en el tablero.
Sergio Salomón: el otro nombre que Armenta no puede ignorar
Detrás de las proyecciones rumbo a 2030 aparece otro personaje que conoce perfectamente las entrañas del poder poblano: Sergio Salomón Céspedes Peregrina.
El exgobernador llegó al cargo por designación del Congreso del Estado, después del fallecimiento de Miguel Barbosa Huerta, y no mediante una elección popular para encabezar originalmente ese periodo.
Ese antecedente ha alimentado interpretaciones sobre sus posibilidades políticas futuras.
Sin embargo, es indispensable hacer una precisión: el hecho de haber sido designado por el Congreso no significa, por sí mismo, que Sergio Salomón esté jurídicamente habilitado para volver a ocupar la gubernatura. La Constitución federal y la legislación aplicable contienen restricciones específicas para quienes han ejercido el cargo como gobernadores sustitutos, por lo que cualquier eventual aspiración requeriría un análisis constitucional riguroso.
Más allá de esa discusión, Sergio Salomón conserva un capital político que no desapareció con el final de su administración.
Tiene relaciones, interlocutores y vínculos construidos durante su paso por el gobierno estatal.
Desde la perspectiva de Armenta, el riesgo político no necesariamente sería una candidatura personal de Sergio Salomón, sino la capacidad de su grupo para influir en quién obtiene las candidaturas y quién termina gobernando Puebla.
En esa lectura, Chedraui y Céspedes representarían un bloque de intereses que el gobernador tendría incentivos para contener.
Y es precisamente frente a ese escenario donde Ignacio Mier comienza a verse distinto.
Es preferible negociar con el primo que fortalecer al adversario
Alejandro Armenta se formó políticamente en el PRI, un partido donde durante décadas la sucesión gubernamental se construyó mediante acuerdos, grupos y negociaciones entre quienes ejercían el poder.
Ese aprendizaje ayuda a entender su manera de moverse en el tablero poblano.
En la lógica tradicional del priismo, un gobernador no solamente administraba su periodo: también buscaba influir en quién llegaría después.
Pero Morena tiene mecanismos formales de selección y una estructura nacional que impiden asumir que el gobernador puede designar unilateralmente a su sucesor.
La influencia existe; el control absoluto, no.
Por eso, Armenta necesita aliados.
Y aunque Ignacio Mier haya sido un competidor incómodo, es un actor con quien puede sentarse a negociar desde una relación de fuerzas reconocible.
Con Chedraui, en cambio, la construcción de acuerdos podría resultar más complicada si las diferencias políticas acumuladas son tan profundas como sugieren las disputas entre sus respectivos entornos.
Aquí está la paradoja: el primo al que Armenta quiso mantener lejos de la sucesión podría convertirse en el aliado que necesita para evitar que otro grupo gane terreno.
Eso no implica que el gobernador esté dispuesto a respaldar una futura candidatura de Nacho Mier a la gubernatura.
Ni siquiera significa que las diferencias hayan desaparecido.
Significa algo mucho más pragmático: en política, dos competidores pueden coincidir temporalmente cuando identifican un interés común.
Y para Armenta, ese interés podría ser impedir que el grupo de Chedraui y Sergio Salomón se convierta en el principal beneficiario del proceso electoral de 2027.
La alcaldía de Puebla es la primera batalla
Aunque el horizonte de esta disputa sea 2030, el primer enfrentamiento se encuentra mucho más cerca.
Las elecciones intermedias de 2027 definirán quién gobierna Puebla capital durante los siguientes tres años.
Y ese resultado modificará las posibilidades de todos los grupos políticos.
Armenta tiene entre sus figuras cercanas a Gabriela “La Bonita” Sánchez, cuya proyección pública la ha colocado entre los nombres mencionados para disputar la alcaldía.
También ha mostrado apertura pública hacia Olivia Salomón, directora de la Lotería Nacional, quien dejó abierta la posibilidad de competir por Puebla capital y recordó que las alianzas electorales todavía deben definirse. Olivia podría representar una opción de negociación si la candidatura no recae en Gabriela.
Pero la fotografía con Nacho Mier incorpora otra variable.
El senador también tiene relaciones y capacidad de interlocución dentro de Morena que podrían resultar importantes en la definición de candidaturas. Y esa posibilidad es la que vuelve relevante el encuentro.
El gobernador no necesita resolver hoy quién lo sucederá en 2030. Lo que necesita, desde esta hipótesis, es evitar que la elección de 2027 deje a un adversario demasiado fortalecido para la siguiente batalla.
La fotografía es el mensaje
Habrá quienes digan que todo este análisis parte de una simple fotografía.
Y tienen razón en una cosa: una fotografía, por sí sola, no prueba un acuerdo político.
No conocemos el contenido completo de la conversación entre Alejandro Armenta e Ignacio Mier. Tampoco hay elementos suficientes para afirmar que negociaron candidaturas o que acordaron enfrentar a Pepe Chedraui.
Pero una imagen pública entre dos actores de este nivel no es irrelevante.
Armenta acudió al Senado. En ese contexto, ambos políticos coincidieron y aceptaron aparecer juntos.
La difusión del encuentro permite proyectar una imagen de interlocución después de una historia de competencia.
En política, el medio también es el mensaje.
Una fotografía no necesita anunciar una alianza para modificar las percepciones sobre quién está dispuesto a hablar con quién.
Y la señal adquiere fuerza precisamente porque proviene de dos personajes que no siempre han caminado en la misma dirección.
No sabemos si hubo un pacto. Sí sabemos que el encuentro se hizo visible.
Eso basta para que los demás actores del tablero tengan que preguntarse qué significa.
Especialmente quienes apuestan a que las diferencias entre los primos permanezcan abiertas.